Relatos de escalera y algo más II

Emi nunca estaba en casa, viajaba y descansaba alejada de la urbe. Ramiro, el conserje, la veía salir todas las mañanas a gran velocidad. Imaginaba todo lo que podría ser el día de Emi mientras la saludaba, “Buenos días Emi”, “Buenos días”. Con sonoridad salía corriendo por la puerta. Emi era escritora de novelas cortas policiacas, sus ojos verdes delataban su esencia ansiosa por descubrir y desenmascarar nuevas máscaras que quitar. Era viernes, Ramiro barría, le gustaba imaginar. Emi salía con sus dos hijos, “dónde van, ¿a la casa del campo otra vez”, “¡Si, necesitamos crear!” decía con ímpetu. “Parece que hoy va a llover”, “es perfecto para un suspense, las gotas suspendidas en cualquier lugar del mundo, inspiran hasta a los muertos”. Río Ramiro. Ella se fue.

Ramiro imaginaba, llegaba la noche. La lluvia caía sin cesar, las gotas y los rayos no dejaban claridad a las mentes más perversas, si es que alguna vez conocieron la luz. Emi se sentó junto a sus hijos en la cómoda alfombra, como todos los viernes, les leía una de sus historias policiacas para todos los públicos. Sin más luz que el fuego de la chimenea. Ella leía, la lluvia caía, los niños atentos escuchaban, Ramiro imaginaba. Repiqueteaban las gotas de lluvia sobre el alfeizar de la ventana. El paso del tiempo no era un tema de conversación ni de atención en aquella sala de lectura creativa. A punto de resolver el crimen de su novela, los niños atentos la escuchaban en la oscuridad de la habitación, sólo la chimenea. Sin saber de qué manera Emi sintió una punzada en la espalda. La sangre brotaba, el crimen tenía las manos sucias de sangre inocente, los niños palpitantes observaban, imaginaban, tenían sed de respuesta. Emi con el aliento contenido y el puñal en la espalda resolvió a decirles “no hay crimen si está viva el alma”. El conserje imaginaba, sus manos se teñían de un rojo carmín de remolacha, se hacía una ensalada, mientras imaginaba. 

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Relatos de escalera 2

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