Relatos de escalera y algo más I

Sabes que es de noche cuando, según la estación reinante, llega la hora en que anochece. De eso no estaba muy segura Bárbara, que vivía en una noche permanente. Habían terminado sus días en la oficina rutinaria, a la que había regalado su juventud los últimos 20 años. Su marido nunca estaba en casa, se iba a por tabaco y no volvía. Su hija de 15 años estaba más atenta a las novedades de las últimas bandas de rock que a las noticias del corazón de su madre. Bárbara llegaba a casa, subía las escaleras de la entrada y allí siempre estaba Mario, el conserje más eficaz en el entramado de los relatos de escalera más comunes de los barrios contiguos. Mario siempre la recibía con una sonrisa, Bárbara agradecía cada gesto de Mario con sumo cuidado para no mostrar su desgana por la existencia. En los últimos meses, estando en el paro se había apuntado a un curso de esos que ofrece el ayuntamiento en los centros culturales haciendo encaje de bolillos. No es que fuera lo más divertido, pero entretenía su melancolía. Nunca llegaba a casa antes de las 9 de la noche, paseaba, anhelaba cuánto podría costar tener sueños, pero paseaba. Llegaba cada noche y Mario se despedía hasta el día siguiente; y así día tras día, la rutina que Bárbara necesitaba. De pronto una de estas corrientes noches, sucedió algo aparentemente diferente, Mario no estaba allí. No estaba para decirle “Buenas noches señora Jiménez, mañana más y mejor”, no habría un más sumatorio para mañana, habría un día menos en el calendario de su vida. Se extrañó enormemente, revolvió un poco los cajones del escritorio del conserje y halló una nota que decía lo siguiente: “Te acompaño en el sentimiento, Bárbara”. Ella sintió el rubor, la emoción que pensaba olvidada, afloró de lo más profundo de su ser. Y sin más destino que una sopa de sobre para cenar, le respondió por el reverso de la nota: “Sentimos y padecemos más de lo que significan las palabras, ¿habrá un mañana más y mejor, Mario?”. A la mañana siguiente las noticias asolaban el barrio, una muerte física había conmocionado todos los cuchicheos de escalera. Bárbara, sin apenas despertar el ánimo en sus párpados, abrió la ventana, la señora Rodríguez estaba alarmada, decía prosas inconexas “¿Otro más? ¡cómo puede ser!”, “nadie sospecharía nada parecido”, “es increíble”. Bárbara por primera vez en una eternidad bajó las escaleras, sin vestir apenas y preguntó qué sucedía, la respuesta fue clara y sin vida “Mario, el conserje, se ha suicidado”. Bárbara sintió esa punzada en el corazón que ni siquiera podía describir con palabras, su única respuesta fue un mareo considerable que la llevó a sentarse en la escalera más cercana para no caer desfallecida. El único ser que le alegraba las noches de su existencia ya no estaría para desearle más y mejor. Bárbara subió a su casa, esperó al día siguiente, abrió un bote de pastillas y consumió hasta el fin, se dejó dormir, cayó en un profundo sueño del que no quiso despertar. Sintió lo que era tener un sueño, durmió eternamente, así cumplió aquello para lo que Mario le encomendó, mañana más y mejor. 

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